19 jun. 2014

Verdad y veracidad; las licencias literarias

En literatura, como en la vida, lo veraz no es igual a lo verdadero. ¿Qué diferencia existe? Pues que lo veraz tiende a buscar la verdad, mientras que lo verdadero es una relación de semejanza con la realidad. Simple y a la vez complicado ¿verdad? Lo primero debe parecer verdad y lo segundo debe ser verdad.

La literatura, por definición, se mueve más en al ámbito de lo veraz. Los autores solemos crear mundos imaginarios pero que en todo momento deben causar en el lector la impresión de que son tan ciertos o más que aquel que pisan.

Extraño, ¿verdad?, esta forma de hilar la sutil tela de la que están compuestas las novelas para crear un tapiz que se asemeje a la realidad.

De esta manera, un autor debe trabajar sus novelas desde la veracidad. Eso significa que de la ingente documentación que puede manejar para construir su obra debe impactar en el lector con la idea de que todo aquello que está leyendo es cierto. Sin dudarlo. Sin embargo no siempre es así.

Y es que no hay autor que no se haya enfrentado ante la posibilidad de tomarse una licencia literaria. Pero… ¿qué es esto? Como hemos dicho las novelas deben parecer verdaderas antes de serlo. Esto significa que no tienen que reflejar la verdad, pero sí construir una arquitectura narrativa que cuando el lector la lea no le quepa duda de que lo que dice es cierto.

Si piensas en la Ciencia Ficción o en la Fantasía lo entenderás inmediatamente. Los nuevos mundos, los mundos creados no tiene que ser ciertos (de hecho no lo son), pero deben parecerlo. Transgredir las leyes de la física, conseguir volar, caminar sobre las aguas, dominar el trueno, hablar con los espíritus, etc. son acciones que según cómo las contemos el lector las encajará como naturales o simplemente pensará que la novela no se sostiene.

Pero esto no ocurre solo con géneros donde la imaginación en las ambientaciones es la clave sino en otros géneros más documentados como la Novela Histórica o la Contemporánea. Hay aspectos que son difíciles o imposibles de documentar. Por ejemplo; no tenemos forma de saber si en la antigua Roma los enamorados paseaban dados de la mano. Si no tenemos datos sobre este aspecto del protocolo del amor… ¿es un error presuponerlo e incluirlo en nuestra novela? Otro ejemplo; la costumbre del brindis en la escocia del siglo XII. ¿Existía?, ¿está documentado que existía? Y otro más… ¿Podemos crear una ceremonia nupcial entre los habitantes de una tribu bárbara del norte de Germania si no sabemos cómo eran esos ritos?… y la respuesta es SÍ… siempre que sean veraces. ¿Te caben dudas sobre la veracidad de las novelas de Robert Graves, de Mika Waltari, de Gary Jennings?

Así, poco a poco, vamos entrando en el mundo de las licencias literarias; traspasar lo real manteniendo aspecto de veracidad, para poder alcanzar un objetivo narrativo. Es en este terreno resbaladizo donde suele encontrarse.

Recuerdo que cuando escribí «La clave Agrippa» necesitaba que hubiera una percusión de coches en los arrozales que hay al sur de Sevilla. Imagínate una extensión sin horizonte, llana y rodeada de estrechos caminos de tierra bordeados de agua donde crecen hectáreas y hectáreas de arroz. ¿Podían correr por allí un par de coches sin problemas? Pues bien; lo probé. Fui con mi coche e intenté acelerar (siempre dentro de los márgenes de la ley, por supuesto)… y me fue imposible; el coche se enterraba en la arena. Así que tenía dos opciones; o cambiaba completamente la ambientación de esta escena o me tomaba esta pequeña licencia literaria y dejaba que mis protagonistas saltaran por los aires a toda velocidad. Con «La leyenda de Tierra Firme» tuve que plantearme algo parecido en dos ocasiones y en ambas tuve que decidir qué hacer. Una era una escena de submarinismo de la que no te contaré mucho porque la novela acaba de salir. Sé algo sobre el tema porque lo he practicado, pero para que la escena tuviera la fuerza que necesitaba era necesario tomarme ciertas licencias. ¿Me las tomaba o me ajustaba a la verdad? ¿Verdad o veracidad? En este caso decidí que sí, que merecía la pena fantasear. Otra de las licencias a las que me enfrenté en esta novela fueron los acontecimientos finales del reinado de Selím II… y es que si quería el final que necesitaba para mí novela tenía que obviar algunos hechos históricos o pasar sobre ellos de puntilla. En este caso decidí no hacerlo, aunque el final no fuera exactamente lo que quería en un primer instante, pero necesitaba ese aporte de verdad para cerrar la historia.

Como ves las licencias literarias son decisiones complicadas, delicadas. Acabo de leer «Styxx», de Sherrilyn Kenyon, y ella dedica muchas páginas al principio de la novela a explicar las licencias literarias que se va a tomar en la novela y porqué las tomó en las obras anteriores de esta saga.

Otras veces un escritor se plantea tomarse estas licencias por cuestiones logísticas: ¡Necesito que haya una iglesia donde no la hay¡ ¡Necesito un castillo donde nunca lo habrá!


Como ves es una decisión complicada que a veces es acertada y otras no. ¿Rigurosidad o necesidades narrativas? ¿Ambas? Quién sabe.