QUE TODO CAMBIE PARA QUE NADA CAMBIE, POR J. DE LA ROSA


Tenía 21 años cuando se estrenó La lista de Schindler. Me impactó. Como a muchos. Me preguntaba por qué no habían huido mientras pudieron. Me refiero a los judíos, los gitanos, los polacos, los homosexuales, los discapacitados… todos aquellos que estaban fuera del ideario nazi y que terminaron en los campos de exterminio. Entre 15 y 20 millones de víctimas según el Holocausto Memorial Museum de Washington. ¿Por qué no escaparon cuando se avecinaba el peligro, por qué no se marcharon antes de que llegaran, de que asaltaran sus casas, destruyeran sus negocios, o los redujeran en los guetos? He tardado otros 25 años en comprenderlo.


Para documentar Bajo el Puente de los Vientos he usado dos tipos de fuentes: estudios históricos y memorias. Las segundas son una de mis secretas pasiones. Tienen la ventaja de que no ha pasado por ellas la mano con perspectiva del historiador. Cuentan hechos parciales y subjetivos (¡Qué poco científico!) de personas que los vivieron. Cuando te aficionas a las memorias comprendes qué diferente es la Historia cuando la narran quienes formaron parte de ella a cuando lo hacen los que la interpretan años después. Ni mejor ni peor, solo distinta. Donde los historiadores ven una consecución de acontecimientos lógicos, los testigos se encuentran sumergidos en algo que no comprenden pero que son capaces de contar con una viveza sorprendente.

Como decía, para documentar mi novela tiré de las memorias de algunos personajes que fueron testigos directos de los acontecimientos que quería contar. Jeanne Campan, Lucy Dillon, Charlotte Robespierre, Manon Roland, Victoire de Donnissan, François Claude Amour, Barras. Y en la mayoría de ellas encontré algo sorprendente: al igual que los perseguidos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, a finales del siglo XVIII pocos de estos memoristas, pocos de los suyos, huyeron cuando se acercaba el Terror, cuando llegaba la época de las carnicerías, de las purgas y de la venganza. ¿Por qué? 

La clave la encontré entre líneas en cada texto, pero fue Lucy Dillon quien supo expresarlo con una frase sencilla: “Bailábamos al borde del precipicio”. O lo que es lo mismo, no eran conscientes del alcance del peligro, y cuando llegaron a serlo, estuvieron seguros, cada día, de que aquel era el peor de los días y de que al siguiente todo empezaría a solucionarse.

Es sorprendente el ser humano. Es sorprendente y extraña la especie humana. ¿Y por qué te cuento esto? Porque dentro de un año se contarán diez de esta crisis que tantas desgracias nos ha traído, la fuente de inspiración final de esta novela, y podría asegurar que durante ella cada uno de tus días ha sido el peor de todos, pero mañana, aquel mañana, empezaría a solucionarse. 

Por eso aguantamos. 

Por eso nos quedamos. 

Por eso permanecemos.

La Revolución Francesa nos trajo grandes cosas, pero un análisis tosco y global diría que al fin y al cabo sirvió para que unos ocuparan el lugar de otros, y los de siempre, nosotros, nos manutuviéramos en el mismo sitio. Que todo cambien para que nada cambie. De siervos nos convertimos en proletarios, y de ahí en trabajadores cualificados, (que es otra forma de definir la servidumbre) consiguiendo que no nos enfademos por la bochornosa pérdida de derechos a que hemos sido sometidos en una década.

Hace poco leía a Eric Hobsbawm y su fabulosa La Era de la Revolución 1789-1848, donde explica que en todas las grandes revoluciones del siglo XIX se sigue el mismo esquema, para conseguir los mismos resultados. Sospecho que si el historiador británico de origen judío hubiera analizado todas las revoluciones hasta el día de hoy hubiera llegado a las mismas conclusiones. Quizá va siendo hora de que hagamos algo diferente.



No hace mucho se celebraba el programa 500 de “Cuarto milenio”. Doce años en antena. Todo un récord en nuestros tiempos donde nos aburrimos pronto y nos cansamos antes. Y es que, insisto, somos una especie extraña. Marcianos. Tanto que podíamos haber emigrado hasta aquí desde cualquier recóndito lugar del universo, y por eso IkerJiménez puede estar seguro de que nos deleitará la noche de los domingos con otros 500...
¡Qué extraño final!
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