YO, EL SUPLANTADOR, POR J. DE LA ROSA

Fue hace algunos años. Yo iba en el autobús y una señora se sentó a mi lado a la vez que me daba un fuerte abrazo. Todo sucedió tan de repente que no me di cuenta.
—¡Pepe, qué alegría!
La miré apretando un ojo. A primera vista no me sonaba de nada, pero parecía que ella me conocía bien. ¿Una lectora, quizá? Iba a preguntarle si era posible que se hubiera confundido cuando habló de nuevo mientras me palmeaba el muslo.
—Ya sé que tu hermano se ha casado. ¡Qué alegría! Ya era hora.
Mi hermano, en efecto, se había casado hacía unas semanas lo que me llevó a la conclusión de que aquella señora tan amable era en verdad alguien a quien yo debía conocer pero que las nieblas de la memoria me habían despistado. La miré más fijamente, intentando que algún rasgo de su cara activara los remotos mecanismos del recuerdo. Nada.
—Y vaya el resfriado que tiene tu madre. Hablé ayer con ella y ni se le escuchaba la voz. ¡Pero qué alegría me da oírla!
Era evidente que yo era una mala persona porque mi madre, en efecto, tenía un trancazo de aúpa y la tan alegre señora debía de ser alguien muy íntimo que en cualquier momento podía darse cuenta de que el ingrato individuo que se sentaba a su lado la había olvidado. Las palmas de las manos me empezaron a sudar y sentí cierto ahogo. ¿Y si se daba cuenta de que yo no tenía la más remota idea de quién era? Intenté indagar a ver si así…
—¿Y vosotros qué tal?
—¿Nosotros? ¿A quién te refieres?
Entré en pánico.



—A…a… ¿Todo bien en casa?—contesté titubeante.
Me miró con cierta suspicacia. Yo comprendí que empezaba a sospechar que yo no tenía ni zorra idea de quién era.
—Ya sabes —dijo al fin—. José Antonio con sus cosas y la niña dando guerra. Pero no podemos quejarnos. ¡Qué alegría verte!
Repasé mentalmente todos los José Antonio que conocía. Nada. Ninguno me recordaba a aquella señora tan alegre. ¿Y quién sería «la niña»? A mi hermana en casa la llamábamos así, pero tampoco había en mi cabeza nada que la relacionara con ella.
—¿Tú sigues trabajando en el taller mecánico? —me preguntó—. Tu padre hablo ayer con José Antonio y le dijo que…
Dejé de oírla porque en ese preciso momento comprendí que la señora me había confundido con otro. ¿Qué hace cualquiera ante este descubrimiento? Pues se pone colorado como un tomate e intenta que la señora no se dé cuenta de que se había equivocado. En otras palabras: suplanta la identidad de un tipo que no conoce.
—El trabajo —dije mientras mi cabeza intentaba encontrar palabras ambiguas que no me ubicaran en ningún contexto concreto—. Sí. Seguimos igual.
Ella parecía satisfecha con mi respuesta, pero quería saber más.
—Háblame de Carmen —me dio otro porrazo en el muslo—. ¿O te creías que no te iba a preguntar por ella? ¡Qué alegría!
¿Quién coño era Carmen? ¿Qué le contaba sin descubrir que yo no era quien aparentaba ser? Que era un suplantador. Entré en estado de shock. Sentía que las paredes del autobús se acercaban unas a otras para aplastarme. La glotis empezaba a cerrarse y un sudor helado me recorría la piel. Me puse de pie como si me hubiera sentado sobre una chincheta.
—Me tengo que bajar aquí —dije mirando desesperado hacia la puerta.
—Pero si el taller está dos paradas más allá —contestó sorprendida.
En ese momento el autobús se detuvo. Quien fuera había escuchado mis oraciones. 
—He quedado con Carmen —dije a la desesperada mientras esperaba que la puerta se abriera para poder escapar.
—¿Has quedado con Carmen? —dijo sorprendida—. ¿Con la perra que ha adoptado tu madre? No lo entiendo.
Al fin la doble puerta se abrió. Una bocanada de aire fresco lo inundó todo. Sentí que podía salvarme. Que aquello no era el final. Que…
—Me ha dado mucha alegría verla —dije con prisas mientras huía.
—Y a mí, hijo —oí a mis espaldas—, pero qué raro has sido siempre, miarma.
Cuando llegó el siguiente autobús y pude subirme, una vecina se sentó a mi lado, y tuve la urgente necesitada de darle un abrazo.
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