DESMITIFICANDO LIBROS, POR J. DE LA ROSA


Quienes amamos la lectura hemos desarrollado de forma instintiva una veneración hacia el libro.

Es normal. Posiblemente muchos de los mejores momentos de nuestras vidas nos lo hayan proporcionado sumergirnos entre sus páginas. Desgranar paso a paso una escena. Intentar leer más despacio para que no se acabe aunque el corazón martillea a cien en nuestro pecho. Apartando las lágrimas mientras a nuestro alrededor no comprender por qué lloramos. Riendo como locos. Comprendiendo al protagonista, a la protagonista de nuestra novela mejor quizá que a nadie en el mundo. Aprendiendo sobre los caminos tortuosos de la vida.

Hace muchos años, cuando me tocó realizar las prácticas de empresa de final de carrera, fui destinado a la televisión local de un pueblo cercano.

Por aquel entonces, con veintipocos, yo había recibido la afición por la lectura de manos de las mujeres de mi casa, todas furibundas lectoras, que guardaban sus tesoros con celo. En casa los libros estaban protegidos con una cobertura de vinilo, había que cuidarlos, mimarlos, y por supuesto tener cuidado de que nunca se mancharan ni fueran víctimas del descuido. Para mi madre, para sus hermanas, para mi abuela, los libros formaban parte casi de un mercadeo secreto donde el objeto de tráfico era más precioso que el oro.


Cuando llegué a aquel pueblo de la campiña, mi primer trabajo consistió en entrevistar a una señora, ya muy anciana, que el ayuntamiento galardonaba por su labor cultural y didáctica.

¿Qué había hecho? Algo tan simple como abrir su biblioteca al público en un barrio marginal y atacado por las drogas.

Fui a su casa previa cita. Un piso humilde en una tercera planta, en una calle poco recomendable de un barrio aún menos.

Había libros. Cientos. Miles. Pero no en las estanterías y forrados de plástico como en mi casa. Estaban en el suelo, apilados hasta el techo. Sobre los muebles. Encima de la mesa. Junto a los cacharros de cocina, sujetando las patas cojas de las sillas. Haciendo de bandeja para la cena. Como posamacetas, en el pretil de la ventana, en el baño…

La mujer era una de esas ancianas dulces con sempiterna sonrisa que te gana el corazón, y yo no entendía cómo alguien que como ella, que debía amar los libros, los trataba de aquella manera.

Hablamos un poco, palabras de cortesía. Antes de que yo entrara en materia ella me pidió que tomara un libro cualquier y lo abriera. Tenía junto a mi mano, en una mesa donde estaba servido el café (un gato durmiendo, varios periódicos y muchas pilas de libros), un raído ejemplar «La Regenta». Lo tomé. Lo abrí… y aún me horroricé más.

El libro estaba «destrozado». Había anotaciones por todos lados. A bolígrafo, a lápiz. A rotulador. Dibujos. Esquemas. Gráficos. En los márgenes. Entre las líneas. Cruzando la página. La miré sin comprender. El premio que le iban a dar, la sabiduría que enseñaba su semblante y lo que veía, no cuadraban en absoluto.

Y así están todos. Más o menos —me dijo

Fue entonces cuando me contó lo siguiente:

Cuando llegó al barrio como profesora hacía cincuenta años no había biblioteca pública, así que decidió abrir su casa a quienes quisieran leer. Un café, una comida y un libro. Para muchos leer era comer. Pero pronto se dio cuenta de que no se generaban vínculos entre los lectores y los libros, así que empezó a pedir que una vez devuelto le contaran sus impresiones. Le impactó tanto el darse cuenta de que un mismo libro era un mundo completamente diferente para cada persona que lo leía, que su siguiente paso fue inevitable. A cambio de prestar un libro, de un plato de comida, pedía que fuera devuelto con anotaciones.

Así lo hizo. Cada libro de aquella casa era mucho más rico que su hermano de la mía: era la obra de un autor, más las impresiones de varias generaciones de chavales de aquel barrio.

Dejaron de ser sagrados para ser divinos.

Ese día aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida. Yo, un muchacho que se lavaba las manos antes de coger de la estantería sin rastro de polvo su libro forrado de vinilo: 

Hay que perderle el respeto a los libros, porque la intimidad solo se logra cuando nos manchamos las manos y cuando dejamos parte de nosotros en el camino.
Con la tecnología de Blogger.